No esperen tranquilidad

A partir de un resumen de esta entrevista de Martín Cúneo a Luis González Reyes en elsalto.es.

Introducción

La falta de materias primas y componentes básicos se extiende a todos los sectores y va mucho más allá de los chips semiconductores, cuya escasez encendió las alarmas a principios de este año. En apenas unos meses, el aumento del precio del magnesio encarece la producción de coches, bicicletas o aviones. Las grandes empresas comienzan a prever problemas de abastecimiento para el Black Friday y la campaña navideña. En España, más de la mitad de las constructoras ha tenido que paralizar o retrasar sus obras por la falta de materiales o por los desorbitados precios que han alcanzado productos básicos (madera, acero, hormigón, etc.). En el Reino Unido, la escasez de mano de obra se ha vuelto un problema de seguridad nacional en el área del transporte por carretera.  Cientos de barcos están bloqueados en los principales puertos y a día de hoy enviar un contenedor en un buque es diez veces más caro que antes de la pandemia. 

Pese a la gravedad que esconden estas anomalías, es la crisis energética la que se dibuja como el mayor peligro para la economía y la estabilidad del mundo postcovid. Aumenta el precio del gas, del petróleo y el carbón. Ya son muchas las grandes industrias europeas que han anunciado o ya han practicado parones en la actividad por el precio de la electricidad. En estos días, el Gobierno austríaco definía como “un peligro real” la posibilidad de un apagón generalizado y prolongado. Es más, para la ministra de defensa austriaca, Klaudia Tanner, se trataba de algo más que de una posibilidad: “La cuestión no es si habrá un gran apagón, sino cuándo”. El aumento del precio de la energía y otros materiales se ha trasladado rápidamente a toda la economía y se ha traducido en índices de inflación que no se veían desde hace décadas. 

Complejidad e interconexión

Para entender lo que está ocurriendo hay que tener en cuenta que todos los procesos están conectados dentro de un entramado muy complejo con múltiples variables. Los procesos de encarecimiento de distintas materias primas y los procesos de desabastecimiento están muy relacionados. Detrás hay múltiples factores, el primero, una cierta reactivación de la demanda después de la pandemia. Y esto se produce en una situación de desorden de las cadenas de producción global, que necesitan tiempo para volver a funcionar igual que antes. 

Hay un segundo elemento y es que nuestras cadenas de producción y consumo globales se han ido articulando a través de un funcionamiento just in time, no hay apenas almacenaje. Ya no hay almacenes, todo hay que fabricarlo y todo esto no se puede hacer de la noche a la mañana.

Hay un tercer factor y es que existe una gran especialización territorial en distintas producciones y cuando sobre esos territorios se producen situaciones específicas de imposibilidad de aumento de la oferta esto arrastra a todo lo demás. 

Y hay un cuarto factor y es que estamos llegando a los límites de disponibilidad tanto de distintos materiales como de diversas fuentes energéticas y esto genera también un cortocircuito dentro de las cadenas de producción globales.

Y se podría hablar de un quinto factor, que son factores económicos que tienen que ver con políticas específicas que se han ido tomando en distintos territorios, en Rusia, en China o en Reino Unido, para explicar todo este cortocircuito. 

Esta interconexión máxima del mundo parecía que nos daba mucha resiliencia y mucha capacidad de adaptación, pero lo que estamos viviendo ahora demuestra más bien todo lo contrario. Ante situaciones de estrés como las que estamos viendo, en lugar de tener más capacidad de respuesta parece que tenemos menos y, de alguna manera, se amplifican todos los problemas.

Hay muchos elementos que hacen que la vulnerabilidad aparezca. En 2020 la pandemia cumplió un papel muy importante, pero en 2007, en esa crisis económica que todavía arrastramos de alguna manera, uno de los desencadenantes fue el precio del petróleo. En 2021, si China está teniendo problemas para mantener su actividad económica en gran parte es porque tiene desabastecimiento de energía. Así que en realidad es como una especie de espiral en la que van superponiéndose una cosa sobre la otra. Por ello, mañana podrá ser una gran sequía la que plantee otros problemas de distinto tipo. 

Para entender todo lo que está pasando tenemos que ver que no solo hay una situación de crisis sanitaria, sino también una situación de crisis climática, que contribuye a ese desbarajuste, y una situación de crisis energética y material que también contribuye a ese caos. Cuando tenemos un sistema frágil sometido a muchas situaciones de estrés, la probabilidad de que esto se venga abajo es todavía mayor. Por ejemplo, para entender por qué hay falta de suministro de chips tenemos que saber que la producción está concentrada en Taiwán y que este país no solo ha sufrido la pandemia sino que está teniendo problemas de acceso a las materias primas y al agua como consecuencia del cambio climático. 

Vamos a vivir un continuo de excepcionalidades. El capitalismo en su versión globalizada con altos niveles de interconexión está herido de muerte y no tiene salvación. Otra cosa es cómo muera y en qué momento muera. Pero eso no quiere decir el final del capitalismo, que puede seguir articulándose a niveles más locales, además, con visiones bastante terroríficas.

Sobre el colapso, aquí y ahora

Definimos colapso como una pérdida rápida de complejidad en términos históricos, un proceso que durará décadas. Y la pérdida de complejidad la podemos medir con cuatro indicadores: pérdida de población, pérdida de interconexión, pérdida de especialización y pérdida de información. Si miráramos estos cuatro indicadores podríamos concluir que no estamos en el colapso.

Sin embargo, tenemos que mirarlo con un poco más de perspectiva temporal, tanto hacia atrás como hacia delante, porque los sistemas tienen inercias y hay que saber leerlas. Hay cosas que están sucediendo que claramente inciden en los cuatro indicadores. La pandemia incide sobre la población, también incide sobre la interconexión, pues ha habido una disrupción de las cadenas de producción globales. Del mismo modo ha incidido en parte sobre la especialización. Cuando hablamos de emergencia climática, estos procesos meteorológicos extremos que destrozan infraestructuras van en contra de una mayor interconexión. Y cuando hablamos de crisis energética, no hay posibilidad de un comercio global sin una disponibilidad masiva de petróleo, y ese petróleo está dando señales de agotamiento, por lo que nuevamente este indicador, el de la interconexión, se ve resentido. 

Estamos viviendo esas primeras etapas del colapso aunque no estemos viviendo unas situaciones profundas de colapso, pero estamos en esa dinámica. El proceso va a ser tremendamente abierto. Es difícil establecer una secuencia porque lo que va a ocurrir son procesos inesperados. Sin embargo, lo más probable es que sea un choque con los límites ambientales. Dentro de esa lógica, se van a ver afectados probablemente antes los procesos económicos-financieros y luego los económicos-productivos, entendiendo que las dos cosas están relacionadas, y tendremos otros sucesos que ocurran con más tiempo, como crisis urbanas u otros procesos. La clave es que lo que antes parecía improbable se convierte en posible.

La insostenibilidad de la política de expansión monetaria

La cuarta revolución industrial que se propone para salir de la crisis requiere por lo menos de dos cosas, que no están ni creo que se las espere. Una, inversiones fuertes por parte del capital productivo en todo lo que tiene que ver con el desarrollo de las tecnologías, algo que no se está produciendo porque no hay una expectativa de crecimiento, porque el sistema tiene una crisis profunda. Y, dos, un montón de materias primas y de energía, que no está disponible a nivel planetario. Habrá algunos desarrollos industriales en algunos sectores, esto va a ir por barrios, pero no hay base material ni económica que mantenga un desarrollo masivo que permita sortear la crisis en base a una cuarta revolución industrial. 

Ante esta situación, la política estatal no tiene demasiados instrumentos. La estrategia fundamental, casi única, que han seguido los poderes económicos y políticos para responder a la crisis que se inicia en 2007-2008 y que en realidad arrastramos y que se recrudece en 2020, ha sido poner una cantidad ingente de dinero sobre la mesa a través de la creación directa de dinero y de prestarlo muy barato, con unos tipos de interés muy bajos.

Los gobiernos por voluntad propia no van a dejar los planes de estímulo excepcionales, esta creación gigantesca de dinero. Lo que no está claro es cuánto tiempo van a poder mantener estos planes de estímulo pues la creación de dinero debe tener una correlación con la actividad económica, pues de lo contrario se crean burbujas de deuda cada vez más grandes que, tarde o temprano, terminan explotando.

Mientras la economía ha estado renqueante como hasta ahora, esta política ha permitido funcionar más o menos, ha permitido mantener empresas zombies que en realidad arrastran resultados económicos en pérdidas de manera sostenida, aunque se ha generado un proceso de deuda gigantesco. ¿Qué ocurre ahora? Conforme hay una tímida reactivación económica, pero, además, una cada vez más patente escasez de recursos que tira al alza los precios, los bancos centrales no pueden recurrir a su capacidad histórica de controlar los precios a través del aumento de los tipos de interés pues si lo hacen toda esta economía dopada que existe gracias a esta política económica es probable que se venga abajo.

Se debe elegir entre dos alternativas. Una, permitir que aumente la inflación y, por lo tanto, el empobrecimiento de la población, pero también la degradación de los beneficios del gran capital. Dos, permitir que haya una crisis importante que sanee la economía haciendo que se vayan a la quiebra innumerables empresas con lo que eso conlleva no solo de pérdida económica, sino también de desestabilización social. Los gobiernos quieren una cierta estabilidad, y esto tiene cada vez menos margen de maniobra. 

El problema de fondo es que la economía productiva no termina de dar beneficios. Por tanto, los capitalistas no invierten en la economía productiva, lo hacen solo en la economía financiera, se mantienen esas empresas zombies gracias a esa mirada financiera. El mundo de altas generaciones de capital va a terminar estallando para generar una crisis financiera potente y vamos a tener que lidiar con lo que se está esquivando desde la crisis de 2007-2008, que es una depresión solo comparable a la que hubo en los años 30, que no era solo una crisis en lo financiero con alguna repercusión en lo productivo, sino que era una crisis profunda en el modelo.

La lucha contra el cambio climático y la cumbre de Glasgow

No existe lucha contra el cambio climático. Solo hay un discurso general contra el cambio climático. Y para mostrar que no existe lucha contra el cambio climático, tenemos el ejemplo de la vuelta al carbón en China, Alemania, o incluso con los acuerdos internacionales.

La cumbre de Glasgow tiene que darle una continuación al Acuerdo de París. Pero el Acuerdo de París no es nada, no merece llamarse acuerdo. Un acuerdo en el que cada país determina qué reducción de emisiones va a hacer y que si no las cumple no pasa nada, sin ningún tipo de sanción, no puede llamarse acuerdo, sino hacer lo que cada cual quiera. Entrar en situaciones de crisis nos demuestra que la prioridad vuelve a ser una vez más el crecimiento económico y no atender a la emergencia climática. 

La incapacidad de planificación de nuestros sistemas económicos y nuestros entes políticos es grande por lo que se va a continuar con no-acuerdos, sin carácter vinculante y sin carácter ambicioso.

La falta de mano de obra

Para entender la falta de mano de obra que tener en cuenta una amalgama de cosas. Un elemento muy determinante es que ha habido un proceso de desinversión en la economía productiva. Esto se debe a que estamos en una situación de crisis estructural del capitalismo, de incapacidad de generación de beneficios y se intenta de alguna manera paliar con otros sectores, como el financiero, que no deja de ser ficticio. Por tanto, existe falta mano de obra porque no se ha hecho inversión en ello y cuando hace falta no se genera de forma espontánea.

Otro factor es que hemos ido hacia un modelo de empobrecimiento de la población y, en determinados sectores, con ajustes fuertes en las condiciones laborales. Esta situación ha producido que la gente que estaba trabajando en esos sectores directamente se haya ido (como el ejemplo de los camioneros en el Reino Unido). 

Las políticas migratorias y la demografía también desempeñan un papel importante. No deja de ser una paradoja que los capitales que dependen de esa mano de obra barata, y que han alentado esas políticas de derecha o de extrema derecha de cierre de fronteras, estén viendo ahora cómo su actividad se tiene que paralizar por falta de trabajadores y trabajadoras. Hay una parte de la derecha que está siendo prisionera de sus propias políticas identitarias y que está teniendo problemas para mantener sus privilegios en base a su actividad económica fruto de cosas que ellos mismos han alentado. 

Hacia el colapso de la civilización industrial

La pandemia ha mostrado, por un lado, cómo era posible parar la economía y poner por delante la salud, ha mostrado cómo lo que las sociedades necesitan se parece a los servicios esenciales que se definieron durante el periodo del confinamiento, algo que se asemeja bastante a lo que se está planteando desde posiciones decrecentistas. También se ha demostrado que lo que más necesitamos y añoramos como sociedades son esos grados fuertes de interrelación social, esos vínculos personales con la gente que queremos, no el consumismo.

La pandemia, por otro lado, ha trastocado la normalidad abriendo en algunos casos la puerta a esos nuevos mecanismos de control social, a esa nueva desarticulación social y han crecido los neofascismos. Pero también está lo otro, hay elementos de fondo a nivel social que pueden emerger como fuerzas políticas, no necesariamente partidistas, que impulsen cambios en sentidos diametralmente opuestos a las posiciones fascistas, pero que también lean los momentos en los que estamos viviendo. 

Cuando en 2011 se producen todas las revoluciones árabes claramente hay detrás un ansia de mayor democracia, pero también estaban detrás los problemas de acceso a los alimentos. Un escenario de alimentos caros, de energía cara, incluso de desabastecimientos energéticos, cortes o problemas de accesos a algunos alimentos, algo que no es en absoluto improbable en este invierno, puede traer algo parecido a lo que fueron las revoluciones árabes; o todo lo contrario, puede dar fuelle a posiciones neofascistas, o, lo más probable, las dos cosas a la vez y tengamos un escenario de polarización y confrontación social creciente en nuestras sociedades. Tenemos un caldo de cultivo para que los fascismos puedan crecer y llegar a situaciones de toma de poder dentro de la Unión Europea. Pero no es lo único que puede crecer de forma rápida en este contexto. A la vez, los niveles de insatisfacción social que se están articulando son también elementos que pueden generar la explosión de movimientos de carácter más emancipador. 

No estamos solo en una crisis coyuntural provocada por la pandemia, tenemos un elemento de fondo, estructural, que es esa imposibilidad de mantener unos flujos crecientes de disponibilidad energética, o la imposibilidad de que los impactos de la emergencia climática no sean directos sobre la economía. Debemos ser capaces de leer las coyunturas, que se recuperarán, pero si miramos toda la articulación de las cadenas de producción globales creo que no estamos solo ante un tema coyuntural sino ante un proceso sostenido y que tiene un mar de fondo, que es una deriva hacia el colapso de la civilización industrial.

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